martes, 3 de marzo de 2026

marejada

 

han regresado los retos literarios de nuestra amiga ginebra. el mes de febrero nos propuso escribir un texto sobre aceptar las emociones que vivimos, y no buscar siempre una falsa positividad.

entre las imágenes que nos dio a elegir para inspirarnos, me quedé con ésta que veis. espero que os guste el relato. 😊

Era un domingo primaveral. Ginebra había quedado con su excéntrico amigo Chema para ir a ver una exposición de cuadros de temática marina.

Ginebra no pasaba por su mejor momento anímico. La noche anterior había estado leyendo una novela gráfica sobre la Edad Media, concretamente sobre los viajes en barco en aquella época. Ella pensó: “Si la vida medieval era dura de por sí, no quiero ni imaginar cómo sería para quienes viajaban por mar”.

Como no lograba conciliar el sueño, Gin dio un vistazo a las redes sociales. Vio una publicación sobre la leyenda del hilo rojo que une a dos personas que están predestinadas a encontrarse, y se preguntó: “¿Habrá algo de verdad en eso, o será sólo una muestra más de la moda positivista que nos invade?”.

Poco a poco se le fueron cerrando los ojos, y se recostó sobre la cama sin ponerse el pijama ni taparse...

Gin y Chema ya estaban en el interior del museo. Los cuadros eran de una calidad artística indudable, pero resultaban algo tétricos. Muchos de ellos mostraban el mar revuelto bajo un cielo oscuro, con algún que otro barco navegando en condiciones de riesgo.

Eso sí, se trataba de épocas posteriores a la Edad Media, ya que entonces no existía el concepto de perspectiva en la pintura, los cuadros eran muy ‘planos’. Por el contrario, los que estaban viendo tenían un efecto tridimensional muy logrado. Casi te sentías dentro de aquellas tempestades.

Ginebra de repente se sintió teletransportada a una roca llena de picos y salientes, que se clavaban sobre sus pies descalzos. Había perdido los zapatos. Entre sus manos tenía el famoso hilo rojo, que se había quedado enredado en la roca. En el extremo del hilo que ella sostenía no había nadie, y el otro extremo era imposible de encontrar.

Se encontraba sola, Chema y todos los visitantes y personal del museo habían desaparecido. Era como si se hubiera trasladado a otra dimensión. No sabía si seguir el rastro del hilo o si huir de allí nadando...

Entonces sonó el despertador. Gin estaba sobre su cama, con el chándal y los calcetines taloneros que llevaba en casa. Se había quedado dormida, y había tenido una terrible pesadilla.

Se duchó y desayunó. A las 11 había quedado con Chema en la puerta del museo. Esperaba que la visita a exposición en la realidad fuera una experiencia más agradable que en el sueño de la pasada noche.

Cuando vio a Chema en la puerta, se saludaron con dos besos.

–¿Cómo vas, Gin? ¿Has dormido bien hoy?

–Bueno, así así... –respondió ella–. Esperemos que no haya cuadros de rocas con hilos rojos enredados en ellas.

–¿Cómo...? –se extrañó Chema.

–Nada, nada, cosas mías.


La visita a la exposición fue una bonita experiencia para ambos. Gin anotó ideas que le sugerían los cuadros, y que usaría para sus poemas. Chema grabó un breve vídeo para su paciente y leal amiga catalana.

Después fueron a tomar un café a una terraza cercana, y se estuvieron contando sus penas y alegrías. Tanto Gin como Chema sabían que todas las emociones juegan un papel en la vida. Al igual que los colores fríos y cálidos en la paleta de un pintor/a.